Benedicto XVI, pecador
di Gabriel Zanotti
El tema no era nuevo para nosotros. Respondimos parcamente, desde esta misma página, remitiendo a nuestro ensayo (de 1988) sobre la encíclica "Libertas". Allí, entre muchas otras cosas, decíamos: "Por supuesto, no sabemos como evolucio¬nara en el futuro este problema terminoló¬gico en el Magisterio, pero es evidente, por todo lo afirmado, que el liberalismo con¬denado por León XIII en la Libertas no hace referencia ni a la democracia constitucional ni a la defensa de los derechos humanos fundamentales frente al despotismo del Es¬tado. Sean las que fueren las veces en las que el Magisterio condene al "liberalismo" entendido como el iluminismo racionalista, esta distinción mantiene toda su validez". Y ello, en consonancia con todo lo que escribimos en "Liberalismo y religión católica, apostólica, romana", en Cristianismo y Libertad, varios autores; Fundación para el avance en la educación, Buenos Aires, 1984; "La temporalización de la Fe", en el libro Cristianismo, Sociedad Libre y Opción por los pobres, Centro de Estudios Públicos, Santiago de Chile, 1988; "Modernidad e Iluminismo", Libertas, Nro. 11, 1989; "Reflexiones sobre cuestiones obvias", en El Derecho, del 29/1/93; "Doctrina Social de la Iglesia y Liberalismo: Antagonismo o malentendido?", en Laissez-Faire (2000), Nro 12-13, pp. 64-69; "Feyerabend y la dialèctica del Iluminismo", en Studium (2005), Tomo VIII, Fasc. XVI, pp. 215-238; "Hacia un liberalismo clásico como la defensa de la intimidad personal", en Doxa Comunicación (2006), 4. Pp. 233-253; "Dignidad humana y derechos de la persona: ¿Cristianismo católico o Kant? A propósito de un debate en "Markets and Morality"; en Studium (2007), Tomo X, Fasc. XX; "Edad Media y Mundo Moderno", en La Nación, 4 de noviembre de 1990; "León XIII, Benedicto XVI y los EEUU", en Instituto Acton, versión on line en www.institutoacton.com.ar, del 13-4-08; "Sobre el discurso de Benedicto XVI en las Naciones Unidas", en Instituto Acton, versión on line en www.institutoacton.com.ar, del 19-5-08, y "Doctrina Social de la Iglesia", de Jose Miguel Ibañez Langlois, en Estudios Públicos, Nro. 25, 1987. Fueron todos ellos ensayos que conformaron en su momento, e incluso ahora, una serie de aclaraciones terminológicas que producían y aún siguen produciendo asombro (asombro en cuanto a "¿por qué tanta aclaración?") en ambientes católicos fieles al Magisterio Pontificio que respiran hace tiempo el espíritu del Vaticano II, a cuya correcta interpretación, según Benedicto XVI, también hicimos referencia en esta página .
Lo que queremos decir es que tenemos conciencia de haber dicho explícitamente cosas que en realidad estaban implícitamente aceptadas por muchos. Una serie de factores así lo indicaban: a) las circunstancias históricas que rodeaban a documentos tales como Mirari vos, Quanta cura o Libertas (circunstancias que, hemos también aclarado, no se contraponen en nada con su mensaje moral fundamental y permanente, como en todo documento del Magisterio) b) el magisterio de Pío XII, "propedéutico" del Vaticano II ; c) la encíclica Pacem in terris de Juan XXIII; d) las aclaraciones del Vaticano II respecto a las relaciones entre Iglesia y estado, la justa autonomía de lo temporal, la dignidad humana, los derechos de la persona y la libertad religiosa; e) la historia de las ideas políticas, donde es obvio que no se puede poner en una misma bolsa a todos los autores; f) la distinción de Juan XXIII entre doctrinas y realizaciones concretas, g) los autores católicos nunca condenados por el Magisterio, claramente liberales en sus opciones políticas, tales como Lacordaire, Ozanam, Montalembert, Acton, Sturzo, Maritain, o el caso de Rosmini, reivindicado totalmente por Juan Pablo II y la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, a cargo en ese momento (1999/2000) del hoy Benedicto XVI. Se podrían enumerar más factores, pero todo ello implicaba que, al menos con respecto al liberalismo político, una aclaración por parte del Magisterio, a esta altura de los acontecimientos históricos y doctrinales, fuera comprensiblemente innecesaria y hasta posiblemente confusa.
Pero el caso Lefebvre, y el tema del sedevacantismo, siguen presentes en la Iglesia. Tal vez no extramuros, donde hoy, por ejemplo, ser partidario de Maritain, en los EEUU o Europa, es ser más o menos como ser San Luis XIII. Pero sí intramuros. Especialmente, en Francia, en algunos sectores de EEUU, y muy especialmente en Argentina, donde fuertes corrientes autotitulados nacionalistas católicas absorbieron intensamente las doctrinas del falangismo español, inspiradas a su vez en J. de Maistre y Maurras; las unieron totalmente con el depósito de la Fe; unieron todo eso con opciones políticas como Franco y Mussolini, acusaron de herejes a todos los que no lo hacían, pidieron la condena de J. Maritain –sabiamente rechazada por Pío XII- y, por supuesto, no se cansan nunca de señalar con el dedo acusador de herejía cualquier aclaración terminológica respecto del término "liberalismo". El cursillo arriba citado, dado este año, y no precisamente en un ambiente no eclesial, señala la vitalidad que tienen aún estos sectores, cuyos seguidores más coherentes terminan por supuesto en Lefebvre o el sedevacantismo. Es muy difícil explicar este panorama en EEUU o en Centroamérica, donde los "liberales" sencillamente tales por ser partidarios de una democracia constitucional, y estar en contra de populismos y-o estatismos, se enfrentan sobre todo con los restos de teologías de liberación muy de izquierda, pero nunca con imitadores locales de Antonio Primo de Rivera o el General Franco.
Cuando algunos de estos imitadores de Franco, enfrentados a todas las aclaraciones posibles, habidas y por haber, se dan cuenta de que hay un problema terminológico detrás, su último argumento era: "hay que usar los términos como los usa el Magisterio". Por supuesto, los factores enunciados arriba implicaban una obvia respuesta, pero lo interesante es que de modo inesperado se ha producido algo que marcará un antes y un después. Por primara vez, después de Gregorio XVI (y antes obviamente no) un Pontífice Romano ha utilizado el término "liberalismo" en sentido positivo. El "pecador" (si vamos a ser coherentes con el famoso libro de Salvany) fue nada más ni nada menos que Benedicto XVI, quien, en una carta dirigida a Marcello Pera, dijo: "…Con un conocimiento estupendo de las fuentes y con una lógica coherente, analiza la esencia del liberalismo partiendo de sus fundamentos, mostrando que a la esencia del liberalismo pertenece su enraizamiento en la imagen cristiana de Dios: su relación con Dios, de quien el hombre es imagen y de quien hemos recibido el don de la libertad….". Y más adelante: "… Muestra que el liberalismo, sin dejar de ser liberalismo sino, al contrario, para ser fiel a sí mismo, puede enlazarse con una doctrina del bien, en particular con la cristiana que le es congénere, ofreciendo así verdaderamente su contribución a la superación de la crisis" .
El tema no es nada sencillo. El contexto del texto es complejo. El libro de Pera es, por lo que hemos podido averiguar hasta ahora, más que opinable y está incrustado en circunstancias europeas actuales muy difíciles. Además, el texto de Benedicto XVI es una "carta a", y vendrán obviamente las interminables discusiones sobre qué nivel de Magisterio representa (cabe aclarar que está firmada como Benedicto XVI y, a diferencia de su libro Jesús de Nazaret, no hay ninguna aclaración explícita sobre que está hablando como teólogo privado). El contexto, por lo tanto, no podría ser más difícil. Pero, sin embargo, ante el panorama que hemos explicado, algunos tendrán sólo dos opciones: o enardecerán su condena a la "Iglesia conciliar" y se alejarán aún más de Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo I, Juan Pablo II y Benedicto XVI, o tendrán que reconocer que no toda utilización del término "liberalismo" es "herética" o "pecado".
El panorama, sin embargo, podría ser más simple. La cuestión no pasa, tal vez, por distinguir entre un liberalismo cristiano y otro no cristiano. La cuestión pasa por reafirmar, como hemos hecho muchas veces, que el liberalismo político, como un modo concreto de limitar el poder político (democracia constitucional, división de poderes, control de constitucionalidad, etc.) es una opción temporal totalmente opinable en relación a la Fe, y por ello mismo legítima para cualquier católico que por razones no derivadas directamente del depositum fidei opte por dicha postura. Y en ese sentido, si se reconociera esta esencial opinabilidad, el católico que piense diferente tiene todo el derecho eclesial a hacerlo. Si algún católico considera que el mejor gobierno es un sistema corporativo, sin división de poderes ni democracia constitucional clásica, con una especie de monarquía más centralizada, tiene todo el derecho eclesial (CIC 227) a pensarlo. Nosotros nos estaremos de acuerdo con él, pero por razones políticas, no teológicas. El asunto donde la alta filosofía política, la ética social y la Doctrina Social de la Iglesia se intersecan sanamente son cuestiones tales como la legítima autonomía del poder político, los derechos humanos fundamentales y la libertad religiosa. Pero dejando de lado esos temas, el debate entre un liberal político y un NO liberal político nunca sería, ni debería ser, un tema eclesial.
Estamos lejos de ello, por supuesto. El año que viene seguramente asistiremos a la noticia de un curso "católico" que diga "El liberalismo es más pecado que el año pasado". Pero, al menos, la aclaración de Benedicto XVI nos brindará una buena compañía en el infierno decretado por el nacionalismo "católico" vernáculo.
El tema no era nuevo para nosotros. Respondimos parcamente, desde esta misma página, remitiendo a nuestro ensayo (de 1988) sobre la encíclica "Libertas". Allí, entre muchas otras cosas, decíamos: "Por supuesto, no sabemos como evolucio¬nara en el futuro este problema terminoló¬gico en el Magisterio, pero es evidente, por todo lo afirmado, que el liberalismo con¬denado por León XIII en la Libertas no hace referencia ni a la democracia constitucional ni a la defensa de los derechos humanos fundamentales frente al despotismo del Es¬tado. Sean las que fueren las veces en las que el Magisterio condene al "liberalismo" entendido como el iluminismo racionalista, esta distinción mantiene toda su validez". Y ello, en consonancia con todo lo que escribimos en "Liberalismo y religión católica, apostólica, romana", en Cristianismo y Libertad, varios autores; Fundación para el avance en la educación, Buenos Aires, 1984; "La temporalización de la Fe", en el libro Cristianismo, Sociedad Libre y Opción por los pobres, Centro de Estudios Públicos, Santiago de Chile, 1988; "Modernidad e Iluminismo", Libertas, Nro. 11, 1989; "Reflexiones sobre cuestiones obvias", en El Derecho, del 29/1/93; "Doctrina Social de la Iglesia y Liberalismo: Antagonismo o malentendido?", en Laissez-Faire (2000), Nro 12-13, pp. 64-69; "Feyerabend y la dialèctica del Iluminismo", en Studium (2005), Tomo VIII, Fasc. XVI, pp. 215-238; "Hacia un liberalismo clásico como la defensa de la intimidad personal", en Doxa Comunicación (2006), 4. Pp. 233-253; "Dignidad humana y derechos de la persona: ¿Cristianismo católico o Kant? A propósito de un debate en "Markets and Morality"; en Studium (2007), Tomo X, Fasc. XX; "Edad Media y Mundo Moderno", en La Nación, 4 de noviembre de 1990; "León XIII, Benedicto XVI y los EEUU", en Instituto Acton, versión on line en www.institutoacton.com.ar, del 13-4-08; "Sobre el discurso de Benedicto XVI en las Naciones Unidas", en Instituto Acton, versión on line en www.institutoacton.com.ar, del 19-5-08, y "Doctrina Social de la Iglesia", de Jose Miguel Ibañez Langlois, en Estudios Públicos, Nro. 25, 1987. Fueron todos ellos ensayos que conformaron en su momento, e incluso ahora, una serie de aclaraciones terminológicas que producían y aún siguen produciendo asombro (asombro en cuanto a "¿por qué tanta aclaración?") en ambientes católicos fieles al Magisterio Pontificio que respiran hace tiempo el espíritu del Vaticano II, a cuya correcta interpretación, según Benedicto XVI, también hicimos referencia en esta página .
Lo que queremos decir es que tenemos conciencia de haber dicho explícitamente cosas que en realidad estaban implícitamente aceptadas por muchos. Una serie de factores así lo indicaban: a) las circunstancias históricas que rodeaban a documentos tales como Mirari vos, Quanta cura o Libertas (circunstancias que, hemos también aclarado, no se contraponen en nada con su mensaje moral fundamental y permanente, como en todo documento del Magisterio) b) el magisterio de Pío XII, "propedéutico" del Vaticano II ; c) la encíclica Pacem in terris de Juan XXIII; d) las aclaraciones del Vaticano II respecto a las relaciones entre Iglesia y estado, la justa autonomía de lo temporal, la dignidad humana, los derechos de la persona y la libertad religiosa; e) la historia de las ideas políticas, donde es obvio que no se puede poner en una misma bolsa a todos los autores; f) la distinción de Juan XXIII entre doctrinas y realizaciones concretas, g) los autores católicos nunca condenados por el Magisterio, claramente liberales en sus opciones políticas, tales como Lacordaire, Ozanam, Montalembert, Acton, Sturzo, Maritain, o el caso de Rosmini, reivindicado totalmente por Juan Pablo II y la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, a cargo en ese momento (1999/2000) del hoy Benedicto XVI. Se podrían enumerar más factores, pero todo ello implicaba que, al menos con respecto al liberalismo político, una aclaración por parte del Magisterio, a esta altura de los acontecimientos históricos y doctrinales, fuera comprensiblemente innecesaria y hasta posiblemente confusa.
Pero el caso Lefebvre, y el tema del sedevacantismo, siguen presentes en la Iglesia. Tal vez no extramuros, donde hoy, por ejemplo, ser partidario de Maritain, en los EEUU o Europa, es ser más o menos como ser San Luis XIII. Pero sí intramuros. Especialmente, en Francia, en algunos sectores de EEUU, y muy especialmente en Argentina, donde fuertes corrientes autotitulados nacionalistas católicas absorbieron intensamente las doctrinas del falangismo español, inspiradas a su vez en J. de Maistre y Maurras; las unieron totalmente con el depósito de la Fe; unieron todo eso con opciones políticas como Franco y Mussolini, acusaron de herejes a todos los que no lo hacían, pidieron la condena de J. Maritain –sabiamente rechazada por Pío XII- y, por supuesto, no se cansan nunca de señalar con el dedo acusador de herejía cualquier aclaración terminológica respecto del término "liberalismo". El cursillo arriba citado, dado este año, y no precisamente en un ambiente no eclesial, señala la vitalidad que tienen aún estos sectores, cuyos seguidores más coherentes terminan por supuesto en Lefebvre o el sedevacantismo. Es muy difícil explicar este panorama en EEUU o en Centroamérica, donde los "liberales" sencillamente tales por ser partidarios de una democracia constitucional, y estar en contra de populismos y-o estatismos, se enfrentan sobre todo con los restos de teologías de liberación muy de izquierda, pero nunca con imitadores locales de Antonio Primo de Rivera o el General Franco.
Cuando algunos de estos imitadores de Franco, enfrentados a todas las aclaraciones posibles, habidas y por haber, se dan cuenta de que hay un problema terminológico detrás, su último argumento era: "hay que usar los términos como los usa el Magisterio". Por supuesto, los factores enunciados arriba implicaban una obvia respuesta, pero lo interesante es que de modo inesperado se ha producido algo que marcará un antes y un después. Por primara vez, después de Gregorio XVI (y antes obviamente no) un Pontífice Romano ha utilizado el término "liberalismo" en sentido positivo. El "pecador" (si vamos a ser coherentes con el famoso libro de Salvany) fue nada más ni nada menos que Benedicto XVI, quien, en una carta dirigida a Marcello Pera, dijo: "…Con un conocimiento estupendo de las fuentes y con una lógica coherente, analiza la esencia del liberalismo partiendo de sus fundamentos, mostrando que a la esencia del liberalismo pertenece su enraizamiento en la imagen cristiana de Dios: su relación con Dios, de quien el hombre es imagen y de quien hemos recibido el don de la libertad….". Y más adelante: "… Muestra que el liberalismo, sin dejar de ser liberalismo sino, al contrario, para ser fiel a sí mismo, puede enlazarse con una doctrina del bien, en particular con la cristiana que le es congénere, ofreciendo así verdaderamente su contribución a la superación de la crisis" .
El tema no es nada sencillo. El contexto del texto es complejo. El libro de Pera es, por lo que hemos podido averiguar hasta ahora, más que opinable y está incrustado en circunstancias europeas actuales muy difíciles. Además, el texto de Benedicto XVI es una "carta a", y vendrán obviamente las interminables discusiones sobre qué nivel de Magisterio representa (cabe aclarar que está firmada como Benedicto XVI y, a diferencia de su libro Jesús de Nazaret, no hay ninguna aclaración explícita sobre que está hablando como teólogo privado). El contexto, por lo tanto, no podría ser más difícil. Pero, sin embargo, ante el panorama que hemos explicado, algunos tendrán sólo dos opciones: o enardecerán su condena a la "Iglesia conciliar" y se alejarán aún más de Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo I, Juan Pablo II y Benedicto XVI, o tendrán que reconocer que no toda utilización del término "liberalismo" es "herética" o "pecado".
El panorama, sin embargo, podría ser más simple. La cuestión no pasa, tal vez, por distinguir entre un liberalismo cristiano y otro no cristiano. La cuestión pasa por reafirmar, como hemos hecho muchas veces, que el liberalismo político, como un modo concreto de limitar el poder político (democracia constitucional, división de poderes, control de constitucionalidad, etc.) es una opción temporal totalmente opinable en relación a la Fe, y por ello mismo legítima para cualquier católico que por razones no derivadas directamente del depositum fidei opte por dicha postura. Y en ese sentido, si se reconociera esta esencial opinabilidad, el católico que piense diferente tiene todo el derecho eclesial a hacerlo. Si algún católico considera que el mejor gobierno es un sistema corporativo, sin división de poderes ni democracia constitucional clásica, con una especie de monarquía más centralizada, tiene todo el derecho eclesial (CIC 227) a pensarlo. Nosotros nos estaremos de acuerdo con él, pero por razones políticas, no teológicas. El asunto donde la alta filosofía política, la ética social y la Doctrina Social de la Iglesia se intersecan sanamente son cuestiones tales como la legítima autonomía del poder político, los derechos humanos fundamentales y la libertad religiosa. Pero dejando de lado esos temas, el debate entre un liberal político y un NO liberal político nunca sería, ni debería ser, un tema eclesial.
Estamos lejos de ello, por supuesto. El año que viene seguramente asistiremos a la noticia de un curso "católico" que diga "El liberalismo es más pecado que el año pasado". Pero, al menos, la aclaración de Benedicto XVI nos brindará una buena compañía en el infierno decretado por el nacionalismo "católico" vernáculo.
